Individuo autónomo-arte disonante
Amante y crítico de las artes; pensador filosófico y crítico de la filosofía, Jorge Juanes nos ofrece en uno de sus últimos libros, que lleva por título T. W. Adorno. Individuo autónomo-arte disonante, un rico y complejo recorrido por el pensamiento de este filósofo, interprete y compositor judío alemán, que como es sabido, fue una de las figuras más representativas de la llamada Escuela de Frankfurt.

En su libro Juanes realiza un minucioso análisis de algunas de las tesis centrales que postula este pensador en el ámbito de la teoría crítica. La intención del autor es mostrar cómo es que dentro de la sociedad administrada se niega y reprime el placer en favor del sacrificio de la autonomía individual y colectiva; pero también cómo es posible conformarse como individuos autónomos mediante el cultivo de la crítica reflexiva y la producción artística.
El lector interesado en la teoría crítica y las artes podrá encontrar en este interesante libro una excelente introducción a los problemas filosóficos y estéticos de la obra de Adorno, lo cual ya de por sí constituye un enorme merito de estos ensayos dada la complejidad de la obra de este pensador alemán. Conforme el lector avanza en la lectura se sumerge con el autor en el complejo y apasionante cosmos adorniano, desde las tesis más importantes de Dialéctica de la ilustración -libro que Adorno escribe a cuatro manos con Max Horkheimer en 1944- pasando por las tesis de la industria cultural, en el que el autor aborda la amarga discusión sobre el arte, la técnica y lo político que sostuvieron Adorno, Benjamin y Horkheimer, hasta Dialéctica negativa. En este sentido, Jorge Juanes nos ofrece una caracterización atinada de Adorno, al que ve como un pensador que hace una radical defensa del “individuo autónomo y libre”, que conforma un “pensamiento prismático” y “abierto” que acoge a la “diferencia” como “diferencia”, y afirma lo “singular”, el enigma de la existencia y la “alteridad de la naturaleza” frente al antropcentrismo de la razón instrumental ilustrada.
Por otra parte, y no menos importante, sino central en la lectura que hace Juanes de Adorno, son los estudios de este último dedicados a F. Kakfka, T Mann y S. Beckett, en el ámbito literario, y en el ámbito musical un recorrido de Bach a Schönberg y de Bethoven a Alan Berg. En efecto, el pensamiento de Adorno es una “filosofía de la no identidad -escribe Juanes- que demuele la violencia contenida en el pensamiento servil.” Un pensamiento que además, encuentra en el arte un ámbito propicio para desplegar sus potencialidades más propias, al mismo tiempo que ve en un determinado tipo de arte una incitación al pensamiento profundo y radical, que la sociedad administrada y unidimensional subyuga y reprime.
Pero además, y esto me parece lo más elogiable del texto, Jorge Juanes no hace concesiones a este pensador consagrado, que a pesar de su profundidad y sistematicidad solía asumir muchas veces prejuicios más que criterios estéticos o filosóficos para juzgar aquellos fenómenos artísticos y culturales que no estuvieran dentro de su concepción acerca del arte y la cultura.
En efecto, Jorge Juanes no se conforma con analizar y exponer las tesis filosóficas y estéticas de Adorno, sino que también lo cuestiona en sus propios limites. Por ejemplo su nula disposición a la escucha respecto al debate de las vanguardias artísticas del siglo XX, su actitud estético-mandarinesca, desde la cual no sólo cuestiona a la industria cultural, sino también arremete contra DADA, el constructivismo ruso o el surrealismo; sus prejuicios contra el jazz o el cine, la cultura popular o las experiencias contestarías del 68 o su ciega posición respecto a lo que se realiza fuera de Europa, lo cual constituye un signo no sólo de eurocentrismo, sino de provincianismo. En este sentido, el libro de Juanes más que un mero comentario o análisis de los textos de Adorno, es también una crítica de los mismos.
No obstante, Juanes subraya algo fundamental del pensamiento de Adorno: la filosofía sólo puede dar cuenta del arte si rompe con la metafísica logocéntrica y si es capaz de escuchar con rigor y suma receptividad lo que las obras de arte y la naturaleza dicen y callan. En este sentido, un arte verdadero no tendría como fin divertir o alimentar a la industria cultural, sino su función primordial sería la de transgredir. Y es allí, en la transgresión, en dónde la producción artística coincide con la reflexión crítica, afirmando ambas la autonomía individual y la libertad.
