Un paseo por el underground berlinés

Sólo conoce una ciudad, escribió Walter Benjamin, quien es capaz de perderse en sus calles. De allí quizá su fascinación por pasear en las ciudades, a las que intentaba conocer no a través de los grandes acontecimientos de su historia, tampoco a través de sus personajes históricos, sino desde el mirador de la vida cotidiana: las calles, los bulevares, las galerías y los pasajes. En su obra inconclusa, La obra de los pasajes, Benjamin se asoma a la vida diaria del París del siglo XIX, en las deambulaba en sus calles el flâneur, se reunían en las tabernas los chiffonniers (pepenadores) y los conspiradores para conjurar contra el régimen y en las que concurrían la bohemia, el poeta y el pintor de la vida moderna, todos ellos figuras prototípicas de París; figuras marginales que con su ritmo ponían en suspenso el tiempo del progreso moderno y ponían al descubierto las contradicciones del capitalismo.
Creo que, así como no es posible pensar al París del siglo XIX sin estas figuras prototípicas, tampoco es posible acercarse al Berlín de finales del siglo XX y principios del XXI sin hacerlo a través de sus propias figuras: el okupa, el autónomo, el antifascista, y el neofascista, por desgracia, y sobre todo el Punk Rocker, una de las última especies urbanas del siglo XX.
Y es que basta con pasear un poco por la ciudad para toparse por todos lados a los punk rockers. Hay quien dice en broma que cuando veas una manada de perros salir de una esquina, inmediatamente atrás aparecerán los punkis. Y es que para quienes odian, por su misma naturaleza, el trabajo asalariado, una alternativa para vivir en esta ciudad es para ello cuidar perros; o pasear en la ciudad y vivir de los desechos de la sociedad de consumo; o talonear algún euro en el metro para pasar el día o pedir los boletos de un día a los turistas para luego revenderlos.
Pero los hay también quienes han conformado lugares alternativos para trabajar, y al mismo tiempo colaborar en los espacios de la escena underground berlinesa, como el Clash o el SO36 en Kreuzberg, dos espacios míticos de la escena Punk, Hard Core y Rocker; o el Baiz, un bar cultural y político en Prenzlauerberg en el que se reúnen los jóvenes punks libertarios para organizarse contra los fascistas o sumarse a las acciones de la FAU (Freie Arbeiterinnen und Arbeiter Union – Unión libre de trabajadoras y trabajadores); o manteniendo todo un espacio para la utopía como en la Köpi, una utopía muy peculiar, pues no parece promover un nuevo orden para la sociedad, sino más bien el desorden social.
La Köpi es sin dudad una de las okupaciones más emblemáticas de Berlín. Su nombre es la forma corta de la calle en la que se encuentra la casa: Köpenickerstrasse, número 137, en el famoso barrio turco de Kreuzberg. La casa fue ocupada en 1991, justo unos meses después de la caída del muro de Berlín, y desde aquel entonces se ha convertido en espacio que alberga a la escena underground más radical de la ciudad.
Cuando vienes de noche a la Köpi es fácil perderse, pues a la poca iluminación en las calles, se suma la total falta de iluminación de esta parte de la ciudad, que casi no permite ver la casa cuando se pasa frente a ella, que se ubica al lado del río Spree, justo al lado de donde se encontraba el muro de Berlín. El edificio es una vieja residencia que a principios del siglo XX perteneció a un príncipe, en algún momento después de la Segunda Guerra Mundial se convirtió en un boliche y en 1991 fue ocupada por los punks, en plena efervescencia de las ocupaciones en la ciudad. El aspecto de la casa es un tanto tétrico, pues al viejo edificio descuidado, con las paredes descascaradas llenas de grafitis, se suman dos arboles totalmente sin hojas que le da al lugar una atmósfera de desolación.

Aunque en realidad nada más vivo en Berlín que la Köpi, la cual es también un Haus Projekt en dónde viven comunitariamente unos 30 punks, incluidos algunos niños. Hay también un Wagenplatz, literalmente plaza de autos, es decir, un estacionamiento en donde hay viejos camiones-casa en los que viven al menos otros 20 punks, y al que se suman otras tantos camiones que andan de paso por Berlín y se estacionan frente a la casa.
Punk, Hard Core, Ska, Hip Hop e incluso algunos cantautores de música revolucionaria, además de la sala tecno, son los géneros de música que alberga la Köpi, pero todos pertenecientes a la escena no comercial, sino a la escena Do it Yourself (DIY ). De hecho, allí no tocan bandas comerciales, la gente de la Köpi prefiere apoyar a la escena musical alternativa, que está muy viva no sólo en Berlín, sino en muchas partes del mundo, que pagarles a grupos que han entrado dentro del circuito de la industria musical. Es increíble, pero en la Köpi se puede ver a bandas de todas partes del mundo. De Europa a Estados Unidos y de Asía a América Latina vienen bandas para tocar en la Köpi, lo que le da un enorme sentido a la frase de uno de los grafitis de la casa que dice: Die Grenze verläuft nicht zwischen den Völkern sondern zwischen oben und unten (Las fronteras no se alzan entre los pueblos, sino entre los de abajo y arriba).
También tienen un Bar que junto con la sala de conciertos se mantiene del trabajo voluntario de los mismos punks; nadie allí gana dinero, y todos participan del trabajo, desde atender el bar hasta limpiar los baños. El dinero que sale de los conciertos y del bar sirve para mantener el proyecto y para apoyar a grupos y luchas afines.
En lo ideológico, muchos de los punks se sienten cercanos al anarquismo, y de allí por tanto que se autodefinan como anti-capitalistas. Por supuesto, su anarquismo es un anarquismo muy particular, un tanto lejano del anarquismo decimonónico y más cercano al significado de caos y desorden, aunque no es lo mismo un caos desordenado, que un caos organizado. Esto último ha sido la Köpi en sus ya 20 años de existencia durante los cuales ha sobrevivido y a veces, incluso, hasta se ha burlado de la codicia de la especulación inmobiliaria.
Según se cuenta, en una de las tantas ocasiones que se intento subastar la casa, algunos punks se presentaron en la subasta y ofrecieron un euro, pues nadie quería comprar una vieja casa llena de punks okupas, pero cuando todo parecía indicar que los punks se volverían a salir con la suya, llego un polaco y compró la casa. Así, parecía que los días de la Köpi estaban contados. Sin embargo, un buen día el polaco se presentó borracho a la Köpi. Algunas versiones cuentan que el tipo, además de ser un alcohólico, era en realidad un presta nombres, y la casa la había comprado para otro tipo de la mafia inmobiliaria que en los últimos años se han ido apropiando de muchas casas en la ciudad. Pero el polaco estaba encabronado porque su socio se había acostado con su mujer. Por supuesto, los punks de la Köpi, como buenos chicos le ofrecieron de beber hasta que se emborracho totalmente. Ya ebrio el tipo pudo ver lo simpáticos que eran los punks y accedió a hacer un nuevo contrato para rentarles la casa a un precio justo y así continuar manteniendo su proyecto. Aunque hay otra versiones, en las que se dice simplemente que estos dos idiotas especuladores (que tal parece que lo único que han compartido en el mundo fue la mujer de uno) debían impuestos a la ciudad, por lo que tuvieron que desaparecer junto con sus deseos de sacar a los punks de la casa. Sea como sea, lo cierto es que, frente a los especuladores inmobiliarios, frente a los procesos de reurbanización o gentrificación de la Media Spree que asolan a la ciudad de Berlín y que la han convertido en una enorme zona de obras y frente al triunfo de una industria cultural que vende lo alternativo y underground como una mercancía más, frente a todos estos procesos, como bien dice una manta en la entrada de la casa: Köpi ist & Bleibt: Risiko Kapital. (La Köpi es y permanece como un riesgo para el Capitalismo).

Punk Rocko

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~ por prasku en 22/01/2011.

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